Centro Cultural Airiños da nosa Galicia

SANTA COLOMA DE GRAMENET

CAMINO

El Camino de Santiago, su origen e historia

Santiago Zebedeo, era hermano de San Juan el Evangelista y trabajaban como pescadores en Galilea donde los reclutó Jesucristo como discípulos. Ambos formaron parte del grupo de los Doce Apóstoles que constituían el núcleo más cercano al Maestro.

A Santiago se le conoció con el sobrenombre de “el Mayor” para diferenciarlo del otro apóstol llamado Santiago al que se conocía como Santiago “el Menor”.

Después de la crucifixión de Jesús, el Apóstol Santiago se dedicó a predicar la nueva fe, contribuyendo a la difusión del cristianismo en occidente.

Según una tradición española, Santiago viajó a Hispania para predicar por encargo del propio Jesucristo y durante su periplo se le apareció la Virgen María en Zaragoza (donde actualmente se encuentra la Basílica del Pilar).

Posteriormente regresó a Palestina, donde murió decapitado durante las persecuciones contra los cristianos que ordenó el rey de Judea, Herodes Agripa I.

Según otra tradición medieval, difícil de comprobar, su cuerpo llegó hasta Galicia en una barca de Piedra, amarrándose en Iria Flavia (Capital de la Galicia romana) y que posteriormente se denominó Padrón (cuyo nombre proviene justamente de la embarcación de piedra que transportaba al apóstol) y fue enterrado en el Campus Stellae, denominado así (Campo de Estrellas) porque a principios del siglo IX (finales de la Alta Edad Media), un eremita llamado Pelayo observó unos resplandores que salían de un campo cercano al lugar en que vivía.

Tras advertir a las autoridades eclesiásticas del acontecimiento, el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, ordenó apartar la maleza y excavar el lugar. Allí se descubrió una antigua necrópolis romana, entre cuyas lápidas se identificó una inscripción con la del Apóstol Santiago.

Teodomiro informó del hallazgo al rey asturiano Alfonso II el Casto y con él comienza la historia de las peregrinaciones y el Camino de Santiago.

El rey asturiano se encontraba en plena guerra con los musulmanes de la península Ibérica y decidió que había encontrado una excusa que permitía aglutinar a los reinos cristianos, por lo que ordenó erigir un templo y la custodia del sepulcro. El paso siguiente fue la creación de una comunidad monástica responsable de los restos apostólicos, que dio origen al primer cenobio compostelano, San Salvador de Antealtares, actual convento de San Paio (Pelayo).

Completó la labor de creación de lo que se iba a conocer como el locus sancti Iacobi -el lugar santo de Santiago- con un baptisterio del que apenas se conservan restos.

Alfonso II está considerado como el primer peregrino jacobeo. Viajó al incipiente santuario por lo menos una vez (año 834), probablemente a través de lo que hoy se conoce como el Camino Primitivo, entre Oviedo y Compostela, y al arribar, realizó la primera donación de tierras a la naciente Iglesia compostelana.

Fueron tres millas (milla medieval 1’8 2 km) de radio alrededor del locus sancti que daría origen al futuro señorío de Santiago y permitiría la supervivencia de los primeros religiosos del lugar.


Durante el reinado de Alfonso II podría haber nacido la consideración del Apóstol como “patrón y señor de toda Hispania”, partiendo quizá de fuentes que, como el himno O dei verbum, de finales del siglo VIII, aluden a un patronato anterior. En este confirmado patronato estarían los orígenes remotos de una interpretación de su figura como líder celestial en el largo combate peninsular contra los musulmanes. Esta interpretación va a convivir a través de la historia con su consideración como apóstol y peregrino, que le daría su verdadera dimensión europea.

Conscientes de lo que suponía poseer los restos de Santiago el Mayor para los intereses militares, las monarquías españolas colaboran para el éxito de este camino.

Así, los soberanos de Aragón, Navarra y Castilla se esforzaron en atraer a gentes con grandes riquezas y poder, utilizando para ello, entre otras artimañas, la proclamación de favores que el santo otorgaba si uno iba a visitar su sepulcro. La creencia en los milagros del apóstol provocó que miles de devotos comenzaran a peregrinar hasta Santiago para obtener su gracia.

El primer peregrino conocido pudo ser Gotescalco, obispo franco de Puy, sobre el año 950. Posteriormente, recorrerían el camino, entre otros, personajes tan ilustres como Raimundo II, marqués de Gothia, asesinado durante la peregrinación, o el arzobispo de Lyon, un siglo más tarde, sin olvidar al gran número de creyentes de todas las condiciones que sufrieron penalidades sin igual en nombre de una fe.

Los peregrinos siempre fueron (y hoy en día aún lo son) personas de toda índole y condición. En su origen los había de buena fe, por condena judicial, vagabundos, aventureros, prófugos, bandidos, enfermos, reyes, obispos…


El Camino se realizaba por distintas causas. Unos lo hacían como promesa a Dios o a Santiago, otros, para cumplir el castigo o la penitencia que imponía la Santa Inquisición u otras autoridades eclesiásticas, algunos otros eran aventureros que querían descubrir nuevos lugares, ladrones que hacían de peregrinos para robar a otros peregrinos …

El Papa Calixto II, en 1122 estableció el Jubileo (Indulgencia plenaria que el Papa de Roma concede a los católicos), lo que supuso una mayor afluencia de peregrinos, que encontraron una manera de liberarse de sus pecados de manera más segura que el viaje a Palestina. El Jubileo se gana (todavía) cuando se hace la peregrinación en Año Santo, es decir cuando el día de Santiago, el 25 de julio, coincide con un domingo. La secuencia de Años Santos Jacobeos tiene, por tanto, una cadencia regular de 6-5-6-11 años, excepto cuando el último año de un siglo es bisiesto en cuyo caso hay que añadir un año más a la cadencia (7 o 12 años). El número de años con Jubileo en cada siglo es, en consecuencia, de catorce.

Los peregrinos vestían una especie de uniforme como señal identificativa que consistía en un abrigo largo de paño fuerte y grueso para protegerse del frío y abrigarse por las noches. Un sombrero de alas anchas para guarecerse del sol o la lluvia. Calzado resistente y cómodo (normalmente sandalias) para resistir las veredas y caminos que podían en mal estado. Un báculo o bordón (bastón) de madera, normalmente reforzado con una punta de hierro en la punta, para apoyarse y hacer más fácil el caminar, además de servir para defensa de lobos y alimañas que podían salir al paso cruzando los montes. Una calabaza hueca a modo de cantimplora para el agua o el vino y que solía colgar del báculo. Un zurrón o mochila de piel para guardar comida y ropa. Era pequeño porque el peregrino no debía llevar apenas reservas de alimentos y debía confiar en la ayuda de Dios para su sustento, e iba siempre abierto para simbolizar que siempre se estaba dispuesto a dar y recibir ayuda.

Cuando se completaba la peregrinación, se obtenía la insignia y el símbolo de su peregrinaje: la concha de la vieira.

Según puede leerse en el Códice Calixtino, la conche se prende en la capa al regreso del santuario para la gloria del apóstol, y como recuerdo de él y señal del largo viaje. La vieira certificaba que quien la llevaba cosida había cumplido la peregrinación y se había reconciliado con Dios gracias a la mediación del Apóstol Santiago.

El comercio de las conchas de vieira llegó a tener tal relevancia que empezaron a confeccionarse en metal y azabache, lo que supuso una importante fuente de ingresos tanto para los “concheiros” como para los obispos compostelanos, lo que les permitía obtener unos beneficios que intentarán beneficiarse de la fe de las gentes. Ninguna iniciativa, por sacra que pueda ser, parece librarse del egoísmo e interés terrenal…

Los problemas de los peregrinos que caminan a y desde Santiago fueron múltiples y numerosos, dado que recorrían parajes solitarios y debían cruzar países y reinos diversos. Al iniciar la peregrinación debían hacerse con un salvoconducto que le permitiera atravesar las diversas tierras que encontraban los cuales eran emitidos párrocos, alcaldes u otras autoridades civiles o eclesiásticas que certificaban que el viaje que realizaban era en peregrinación, que les permitía encontrar alojamiento y ayuda.

Los caminos, asimismo, no eran seguros por lo que ladrones y salteadores, atraídos por el flujo de personas y las posibles riquezas que llevaban algunos peregrinos aprovechaban la soledad de algunos lugares para robar a los peregrinos. También los mercaderes y posaderos eran víctimas del pillaje generalizado en el Camino, pero intentaban resarcirse de las pérdidas engañando a los viajeros y subiéndoles los precios desmesuradamente.

Se produjeron durante los 200 años siguientes al descubrimiento del sepulcro circunstancias políticas y en particular el apoyo de los reyes Alfonso VI (1072- 1109), doña Urraca (1109-1126) y Alfonso VII (1126- 1157). Consolidada Navarra, unidos Castilla y León e incorporada la Rioja a Castilla (1076) se hacía viable por vez primera una planificación general del espacio en torno al eje abierto en tiempos de Sancho III el Mayor de Navarra (1005-1035) que unía los principales centros de poder, dotándole de infraestructuras urbanas, económicas, jurídicas y asistenciales. Alfonso VI puede servir de ejemplo. Durante su reinado se tomaron iniciativas tendentes a mejorar el trazado, garantizar la seguridad física de los caminantes, dotarle de centros asistenciales, incentivar judicial y fiscalmente el desarrollo de las actividades comerciales y artesanales con la concesión de fueros de francos y promover el establecimiento de colonias de extranjeros, principalmente franceses, tanto a título individual –monjes cluniacenses, nobles cortesanos– como en colectivos agrupados en los arrabales de las ciudades a los que se incentiva con la concesión de fueros de francos como los de Logroño (1095), Nájera (1076), Sahagún (1085) o Villafranca del Bierzo (1092)17. La política europeísta y jacobea de Alfonso VI se mantuvo durante el reinado de sus sucesores. Con el apoyo de los poderes establecidos y con el constante trasiego de gentes, el Camino de Santiago se fue dotando de infraestructuras cada vez más sólidas: una red urbana capaz de ofertar productos y seguridades más allá de los rudimentos de las aldeas, un ordenamiento legal específico de carácter protector, un cuerpo de policía organizado bajo el manto de las órdenes militares, y una serie de hospitales, iglesias y santuarios siempre abiertos a los cristianos apacibles. Al fin y al cabo, el trayecto entero se había transformado notablemente en un espacio urbanizado, protegido, acogedor y sagrado, en un espacio único lleno de recursos y de bienes singulares.

Pero con la aparición de la peste negra que asoló Europa en el siglo XIV las peregrinaciones sufren un importante declive y reciben un golpe de gracia doscientos años después con la aparición del Protestantismo pues el mismo Lutero disuade a sus seguidores de viajar hasta su tumba con palabras como:

“... o sea, que no se sabe si allí yace Santiago o bien un perro o un caballo muerto...”

“... por eso, déjale yacer y no vaya allí...”

El arzobispo de Santiago en el periodo 1587-1602, Don Juan de Sanclemente y Torquemada, ante la amenaza del corsario Francis Drake que había manifestado su intención de destruir la catedral y el relicario del apóstol, ocultó sus restos llevándose el secreto a la tumba.

Éste y otros motivos consiguen que, durante los siguientes dos siglos, las peregrinaciones a Compostela entren en una atonía tal que, según cuentan las crónicas, el 25 de julio de 1867 tan solo habían acudido a Compostela unas pocas decenas de peregrinos.

Doce años después, en 1879, el arzobispo Payá Rico descubre los restos del apóstol y se apresta a la aprobación de la autenticidad de las reliquias, que consigue de las autoridades eclesiásticas y científicas españolas de la época y que ratifica el propio Papa León XIII en su Bula Deus Omnipotens, pero es en realidad en el último cuarto del siglo XX cuando realmente se produce el renacer de las peregrinaciones a Santiago. No cabe duda de que parte del éxito reciente se debe a las campañas de promoción turística que se han realizado por parte de la Xunta de Galicia y de las diferentes administraciones turísticas del gobierno de España, pero también es del todo cierto que la ruta jacobea se ha ganado su prestigio actual gracias a su valor eminentemente espiritual que se contrapone al espíritu materialista vigente en nuestra cultura occidental.

En 1993 el Camino de Santiago fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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